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miércoles, 23 de septiembre de 2026

El papá de Mollete

 


Nuevamente publico este breve relato, inicialmente se publicó en este mismo blog en 2009. Gracias por su tiempo.

El papá de Mollete

Por: Arturo Castro

El mollete es un pan serrano, ligeramente dulce y pálido, parecido a un bollo sin miga. Tenía, sin embargo, un sabor extraordinario y la virtud de devolvernos la paz después de mitigar el hambre, compañera de infortunios y pobrezas, de sueños y pesadillas. Lo comíamos con fruición al terminar los partidos de fulbito en el enorme patio de la casa de los abuelos.

Para Jorge era natural ayudar desinteresadamente a calmar aquella ansiedad que muchos de sus amigos llevaban guardada durante días. Entonces acudían a su memoria sus momentos estelares: se veía trepando por la ventana posterior de la cocina, cuyo pestillo había dejado abierto después del almuerzo, para sacar unos panes e invitar al grupo.

Ante ellos quería pasar por héroe: un pequeño ladrón que «robaba» la bolsa de pan mientras su madre dormía delicadamente la siesta. Muchas tardes se deslizaba en silencio hasta la alacena y regresaba con el tesoro. Durante unos minutos todos reían, gozaban y comían convencidos de que ella no se daba cuenta. ¡Qué inocente es la niñez!

Jorge sentía un no sé qué al observarlos de soslayo. En sus rostros descubría aquel deseo lánguido que les apretaba las entrañas, les estrujaba los intestinos y dejaba muescas imaginarias en la corteza de un apetito atornillado a la boca del estómago.

Pero «Mollete», a secas, era también el sobrenombre de Carlos. Han pasado tantos años que su apellido, aunque poco importa para esta historia, ya no regresa a mi memoria. Su padre era sastre de profesión, de oficio o, quizá, porque no encontró otra tarea con la cual sobrevivir. Era un hombre regordete y menudo, trigueño, de cabello y bigote negros, siempre peinado con raya al costado.


Decían que era buen sastre. Arreglaba y desarreglaba prendas, y confeccionaba pantalones y ternos de buena factura. Algunos clientes acudían a buscarlo; otros preferían no acercarse y aseguraban que les había malogrado una prenda. Lo cierto era que muchos se escabullían para no pagarle el trabajo. Sus hijos, incluido Carlos, eran todos blanquiñosos. Cuando Jorge iba a buscar a «Mollete», saludaba y contemplaba al padre inclinado sobre su labor cotidiana, ganándose el sustento de una familia numerosa. Además de pobre, había sido aplicado en el amor.

Durante las semanas en que Jorge buscó a Carlos para jugar o caminar por las calles desiertas de la ciudad, casi siempre encontró a su padre trabajando: planchaba la ropa con una plancha de carbón que llevaba un gallito en la punta. La plancha eléctrica aún no existía para nosotros; si ya se había inventado, todavía no había llegado a Jauja, donde el servicio eléctrico era muy deficiente.

El alumbrado público y privado apenas alcanzaba para vencer la oscuridad. De noche, las calles parecían la boca del lobo. En algunas esquinas y a mitad de ciertas cuadras había fluorescentes; en otras, focos de cien vatios cuya luz se agotaba a pocos pasos. Con razón se decía que, de noche, todos los gatos son pardos.

La madre de «Mollete» era una mujer delgada y blancona, de pelo rubio desteñido y desgreñado, cuerpo esmirriado y pequeño, casi indolente consigo misma. Recibía a Jorge con amabilidad, aunque él trataba de adivinar qué pensaba de su visita y por qué venía a interrumpir las labores de la casa tan temprano.

Mollete tenía tres hermanas menores, todavía muy niñas, que asistían al colegio. Él se encargaba de llevarlas, traerlas y cuidarlas, sobre todo cuando sus padres iban al mercado o a misa, las únicas ocasiones en que Jorge los veía salir juntos.

De la sastrería a la Plaza de Armas había apenas tres cuadras en subida, como suele ocurrir en toda ciudad andina. Cada día, religiosamente, a las seis y media de la tarde, el padre de Mollete se enfundaba en su terno, se ponía una camisa blanca sin corbata y, con el cabello impecablemente sujeto por la gomina, salía de casa. Caminaba con parsimonia hasta la esquina de la calle Grau y allí miraba hacia uno y otro lado, como si dudara del rumbo.

Después de intercambiar saludos con quienes se dirigían a la plaza, al chifa o al cine, emprendía su larga caminata. Medía cada movimiento y asentaba los pasos sobre la vereda como si quisiera dejar impresas sus huellas. Saludaba a hombres y mujeres que alguna vez habían solicitado sus servicios.

A veces se cruzaba con Jorge y le pasaba la voz: «Ve a estudiar. ¿Qué haces en la calle? No pierdas el tiempo; cuando seas grande te vas a arrepentir». Luego lo miraba de reojo y seguía su camino.

Otras veces entraba en el almacén del señor Bonifaz, el más grande y surtido de la ciudad, solo para contemplar las nuevas planchas de carbón. Las tomaba entre las manos, las levantaba hasta la altura de los ojos y las examinaba con placer. Por momentos cerraba los párpados, como si soñara. Bastaba escuchar el precio para que despertara: dejaba la mercancía, volvía a la calle silbando para disimular el deseo y continuaba su marcha, meditabundo. ¿Quién podía saber qué cargaba en la mente?

En el puesto del señor Rodrigo compraba su periódico preferido, Última Hora, que llegaba de Lima a esa hora. Se sentaba en un banco de la plaza, encendía un cigarrillo Inca y comenzaba siempre por las páginas deportivas. Le gustaba apostar a los caballos y examinaba con ansiedad los resultados de las carreras. Casi siempre acababa soltando una imprecación difícil de reproducir.

Después de hojear el diario se encaminaba al cine Colonial. Saludaba al señor Matías, encargado de recibir los boletos de la platea alta, y le hacía una seña convenida. Entre ambos había un negocio ventajoso: hechura de ternos o planchado de pantalones a precios módicos, por un lado; entrada gratuita al cine, por el otro. Una ganga en la que los dos salían ganando.

Al terminar la película desandaba el mismo itinerario, pero en una esquina de la plaza se detenía ante el puesto de Jovita, vendedora de anticuchos y picarones. Allí comía sin miramientos un par de palitos con su papa dorada y el infaltable ají. A veces quedaban a cuenta de algún trabajito; cuando no, pagaba al contado.

Una vez satisfecho su voraz apetito, regresaba a casa con aquel paso parsimonioso, como si todavía quisiera desviarse del camino. A pocos metros lo esperaban su mujer y sus hijos, quienes quizá no habían tenido qué comer aquella noche. Ni ella ni sus vástagos. Así transcurría la vida rutinaria del padre de Mollete.

 


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