SENSACIONES

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Nuestras sensaciones más íntimas...

domingo, 14 de junio de 2026

La hermosa Emperatriz (Cuento corto)

 

La hermosa Emperatriz (Cuento corto)

Por: Arturo Castro.

Eran las 18:30, las 6:30 p. m. de una tarde cualquiera de verano. En Radio Olivar sonaba el programa de Juan, el “Pike” Mendiola, y el éxito de la semana, Música y amor en verano, interpretado por Junior Milla, el cantante de moda. De pronto, un automóvil negro metálico, de lunas polarizadas, llegó puntual a su cita. Se detuvo a media cuadra, con el motor apagado y una quietud expectante.

El chofer, un moreno cuarentón con porte de atleta, descendió del vehículo, observó la calle casi desierta y empezó a limpiar el parabrisas. Era un maniático de la limpieza: no paraba hasta arrancar del vidrio la última huella de polvo. Permanecía, como siempre, vigilante y a la espera de ella, la primera muchacha de la tarde a la que debía recoger. Aún le faltaban tres chicas más y un largo trayecto hasta el Callao. Pensó, con fastidio, que todas las mujeres eran iguales. Ella, en particular, se demoraba cada tarde, igual que desde hacía ocho meses, desde el día en que la conoció.

Jorge, Marco y Carlos, tres amigos del barrio que vivían muy cerca, ocupaban siempre el lugar privilegiado de la cuadra. Desde la ventana del dormitorio de Jorge, cuya vista daba a un balcón marrón de segundo piso y que destacaba por su singular arquitectura, podían observar con comodidad el parqueo habitual del automóvil negro.

Desde allí lo contemplaban todo a sus anchas: escudriñaban la calle, conocían a los vecinos y distinguían al instante a los forasteros. Conversaban sobre asuntos triviales, apenas para disimular, mientras sus ojos volvían una y otra vez a la puerta del edificio. No querían despertar sospechas entre los familiares de Jorge, que los dejaban reunirse en casa. De vez en cuando intercambiaban observaciones; a veces soltaban una risa burlona por algún transeúnte, y otras guardaban un silencio sepulcral cargado de expectativa.

Como ocurre con tantos jóvenes de su edad, llevaban la adrenalina al tope y el deseo rondándoles por las venas; sin embargo, la ansiedad los delataba. Era evidente que esperaban a alguien. Aguardaban, sin duda, la salida de Emperatriz para verla pasar y admirarla. Los tres notaron la llegada del vehículo y se miraron en silencio. En esa sonrisa cómplice se dijeron más de lo que las palabras habrían podido expresar. Solo Carlos murmuró: había llegado el “transportador”; faltaba que saliera “el material” y, después, hasta mañana.

La tarde de verano se deshacía bajo un crepúsculo que avanzaba con rapidez. El sol se acostaba en el océano, incendiando el horizonte, mientras los noctámbulos despertaban en sus dormitorios tras haber dormido durante el día. Se alistaban para otra noche de diversión: una más en los casinos, para tentar a una suerte siempre esquiva; o en los brazos de Baco, junto a alguna damisela, para hacer trizas la angustia de vivir y olvidar, aunque fuera por unas horas, un amor no correspondido, una huida en carro de lujo o el aguijón de un arrebato machista.

En el interior del edificio marcado con el número 666 de la calle Las Dálmatas, en uno de los departamentos, vivía ella: la mujer esperada con ansiedad tanto por el transportador como por los curiosos de siempre; por los que espiaban con disimulo, por los que observaban entre cortinas y por las viejas cucufatas, que habían empezado su rutina viperina detrás de los visillos. Maullaban como gatas en celo y desgranaban, una tras otra, mil murmuraciones sobre el comportamiento de Déborah, la hija mayor de su amiga Judith, conocida desde siempre como la Emperatriz del barrio, por su caminar, su belleza y su porte.

La bella Emperatriz estaba sentada frente al espejo, envuelta en un ligero camisón de seda negra que resaltaba su figura imponente. Su mirada recorrió con suavidad sus facciones, las líneas de su anatomía, la plenitud de sus senos y, en especial, la parte de su cuerpo que más sobresalía y atraía miradas. La naturaleza había sido generosa con ella. Tras aquella inspección íntima y minuciosa, sonrió con picardía.

Luego comenzó su rutina de todos los días: maquillarse como mandaban, en su imaginación, las diosas del Olimpo. Se entregaba a esa tarea con absoluta concentración, porque en ella encontraba una fuente de seguridad y autoestima. Su imagen —la de una mujer hermosa, de cuerpo esculpido— era su carta de presentación, y la cuidaba con disciplina. Dedicaba dos horas diarias al gimnasio de Manolo Marchullo. Tenía apenas veintitrés años, era soltera, y su madre ignoraba la verdadera naturaleza de su trabajo. Las amigas de Judith, en cambio, roídas por la envidia, especulaban a puertas cerradas sobre el oficio de la hija de su buena amiga, viuda desde hacía diez años. Judith solo sabía que Déborah trabajaba en un casino.

Emperatriz recordó que por la mañana había estado en el gimnasio cumpliendo con su rutina de ejercicios, la misma que le permitía conservar el cuerpo escultural que exhibía y que constituía, ella lo sabía bien, su mejor atractivo ante los hombres. No había en él un milímetro de grasa. Estaba convencida de que las miradas masculinas se rendían ante sus proporciones y de que su presencia actuaba como un imán cuando aparecía en el gran salón Cuernavaca, en el vecino puerto. Después de almorzar, hacía la sobremesa con su madre; sus hermanas menores seguían en el colegio, cursando la secundaria. Luego se retiraba a descansar un rato.

Siguió con su ceremonia de embellecimiento frente al espejo. Se acicaló, cepilló su cabello y delineó con rímel negro las pestañas y las cejas, realzando así la claridad de sus ojos. Después pintó sus labios de un rojo intenso. Finalmente, se puso el vestido rojo sin dejar de contemplarse en el espejo, admirando una vez más sus formas. Terminó de perfumarse, tomó la cartera, salió de la habitación y se despidió de su madre con un beso. Le recomendó que tuviera cuidado con la seguridad de la casa, pues volvería de madrugada y en los alrededores ya se habían producido robos e incluso intentos de asalto en el edificio.

Mario, de veintiún años y vecino del edificio, había sido novio de Emperatriz en los días del colegio. Conservaba intactos los recuerdos de aquel amor adolescente y por eso, cada tarde, salía de su departamento y se sentaba en la escalera que conducía a la puerta principal. Allí la esperaba con paciencia y ansiedad, tan solo para verla, admirarla y, si la suerte lo favorecía, cruzar algunas palabras con ella, acompañarla hasta el automóvil negro —como a veces ella le permitía— y despedirse. Mario aún creía en ella. No sabía exactamente en qué trabajaba su adorada Emperatriz, aunque sus amigos insistían en que no debía de ser un buen empleo, a juzgar por el maquillaje excesivo que usaba.

Mario oyó entonces el golpeteo suave de los tacones de Emperatriz sobre las baldosas marrones del segundo piso. Se incorporó de inmediato, como si lo hubiera picado una serpiente, y aguzó el oído. El sonido se acercaba: ella avanzaba con ese vaivén cadencioso de caderas hacia la escalera que la llevaría al primer piso. Nunca usaba el ascensor. Cualquiera que la viera de espaldas habría tenido razones de sobra para admirarla. Bajó uno a uno los escalones, observó la entrada del edificio y luego dejó caer sobre Mario una mirada fría. Él quedó petrificado al sentir aquella indiferencia en unos ojos que antes le habían hablado de amor.

Emperatriz hizo un mohín de disgusto: iba tarde. Pero no podía hacer otra cosa; esa era la única salida y tenía que ir a trabajar. Saludó a su antiguo enamorado con un frío “hola” y apresuró el paso para llegar a la puerta antes de que Mario intentara detenerla con alguna conversación. Siguió de largo, sin concederle una pausa. Él, sorprendido por aquella reacción poco habitual, se quedó inmóvil pese a sus esfuerzos por decir algo. Apenas alcanzó a dar unos pasos hasta la entrada del edificio, justo a tiempo para ver cómo el chofer abría la puerta del automóvil y ella subía con rapidez. Desde el segundo piso, los amigos volvieron a quedar pasmados ante tanta belleza, preguntándose adónde iría cada noche. El chofer puso en marcha el vehículo y este se perdió en la oscuridad. Eran las 7:00 p. m. y las luces de la ciudad empezaban a dominar el escenario limeño.

Hasta mañana, Emperatriz.

 


domingo, 10 de agosto de 2025

Crónicas viajeras: Sydney ciudad de contrastes.

 

Foto: Colección Artucas. 2013

Crónicas viajeras: Sydney ciudad de contrastes.

Por: Arturo Castro F.

Deseo compartir este relato, sucedió en la ciudad de Sydney-Australia en 2013. En otras latitudes como es el presente caso, sorprende lo bien que funciona el sistema de transportes en estos países, denominados del primer mundo, y como es lógico sentimos cierta desazón y surge la pregunta, por qué en estos países sí funcionan y en el nuestro es un pésimo y arcaico sistema.

Líneas de buses con buenos paraderos, horarios de llegada y salida que cumplen, las diferentes líneas de buses, lo confortable de vehículos y trenes, a lo largo del recorrido de las principales y amplias avenidas, existen áreas de seguridad dónde los buses se detienen momentáneamente para cambiar de conductor, esto como una forma de control de las autoridades de transporte.

Fue una mañana de otoño, las hojas secas se desprendían de los árboles a lo largo de la Busaco Rd., y también de la vera de las avenidas, parques, alamedas y jardines, parecían alfombras persas hiladas finamente, hojas de diferentes formas y colores, así era ese hermoso día en Sydney, sin mucho frio la temperatura marcada 15°C.

Nos volvimos a embarcar en el paradero del bus de la línea 292, que cubre la ruta desde la calle Busaco Rd., en el distrito de Marnsfield hasta el centro de Sydney. En esta calle está el paradero final o inicio de la ruta, según las personas que desean partir hacia la ciudad o regresen de ella. El viaje dura aproximadamente 45 minutos, por una autopista con varios carriles, toda en buen estado y bien señalizados.

En su recorrido hacia la ciudad el bus se desplaza por el carril que está asignado para este tipo de transporte, en las horas punta ningún otro vehículo puede utilizar ese carril de tal manera que, el desplazamiento de los buses en general es rápido por las avenidas y calles bien conservadas y mantenidas, la ruta de esta línea bordea la Universidad Macquarie, ingresa a su gran campus, para recoger estudiantes, pasajeros y enrumbar luego hacia el Macquarie Shopping Centre, se detiene en el paradero, el mismo que es utilizado por varias  líneas de transporte, aquí los usuarios encuentra toda la información sobre horarios de llegada y partida de los diferentes buses, los que cumplen escrupulosamente y las rutas que cubren a lo largo de su recorrido por toda la ciudad.

Al lado de la Universidad, está ubicado el paradero del tren subterráneo. Luego de esta breve visita al Shopping, el bus ingresa a la autopista que la llevará al centro de Sydney, ingresando por el Sydney Harbour Bridge, el famoso puente de la bahía de Sydney y parar en la intersección de York Street, con Market Street, su paradero final, al costado del Centro Comercial Reina Victoria.

Volvamos a la ruta, la universidad Macquarie tiene un amplio campus con zonas de parqueo enormes, aulas rodeadas de bosques y presencia de diversas aves: cuervos, cacatúas, urracas, loros de todos los colores, kookaburras se mezclan en un coro. Un paisaje verde domina el escenario y se abre a la observación de estudiantes, profesores, peatones y visitantes. La vegetación se extiende a ambos lados de las vías por donde se desplaza el bus.

En uno de los paraderos intermedios, antes de llegar al Shopping Centre descrito líneas arriba, subió una joven de aproximadamente 35 años, simpática, con un atuendo que reflejaba su buen gusto y juventud, zapatos de tacón color negro, pantalón del mismo color, una blusa de color rosa manga larga y una chaqueta crema, manga tres cuartos, completaba su atuendo.

Había una particularidad en esta joven, observamos que subía con un perro labrador que hacía de lazarillo. Saludó al conductor y pasó sin pagar pasaje, el perro, la guió hasta el asiento reservado para ancianos, bebes y minusválidos y ella tomó asiento y el perro se acomodó debajo del asiento a su lado, en actitud alerta.  

Luego, ella sacó de su bolso un IPod, se colocó los audífonos en ambos oídos, seleccionó al tacto su música preferida y se concentró en escuchar sus melodías seguramente seleccionadas previamente, mientras el bus se desplazaba raudamente por su carril y el perro permanecía quieto y atento.

Pasados aproximadamente 20 minutos presionó el botón para bajar, que está ubicado en uno de los ejes verticales del bus, muy cerca de los asientos, se encendió una pizarra digital pequeña y se leyó “next stop”, un aviso para que el conductor detenga el vehículo en el paradero, ella guardó su IPod en el bolso, se incorporó al detenerse el bus y luego guiada por su mascota bien entrenada, agradeció al conductor, bajó del bus y se perdió en dirección al paradero del tren subterráneo. No queda imagen de ella, porque respetamos su intimidad, como debería ser en todo lugar.

Les dejo la siguiente imagen. Hasta la próxima…

Bahía de Sydney, el Ópera House.


Imágenes: Colección Artucas.

sábado, 8 de julio de 2023

El tiempo no tiene final, solo dejan recuerdos…

 


¿Tiempo dónde estás?

¡Tiempo!, ¡tiempo!, ¡tiempo!

Quién tuviera el poder de detenerte,

quién te pudiera retroceder,

quién pudiera regresar a la edad de los sueños,

 

¡Tiempo!, pasas invariablemente, inclemente                                                                                           y desapasionado, dejando huellas en manos y rostros

¡tiempo!, cuando me percaté de ti,

pasaste como exhalación en un milisegundo.

 

No era ya, un niño, ¡ya no!, habían pasado años,

tampoco un adolescente, mucho menos un adulto,

sino un venerable anciano, con arrugas y canas

qué explicación podría pedir al tiempo,

 

En mi mente se agolparon vivencias gratas e ingratas,

mi niñez, adolescencia, juventud, adultez

el largo camino de la vida castrense,

diferentes guarniciones donde serví a mi patria,

cambios de colocación, viajes agotadores, algunos cortos otros muy largos

 

Desiertos, valles y serranías se sucedieron sin fin

la larga y gris carretera Panamericana cual serpiente

en la selva agreste, selva de cemento y hormigón…                                                                                                                                                                  donde se ocultan intenciones, deseos y apetencias mundanas.                                                                                                                   


martes, 8 de diciembre de 2020

Lamentos y caricias

 



Hay lamentos que olvidar y dolores que lastiman el ser

hay caminos sinuosos, borrascosos y solo uno por seguir

hay senderos y caminantes solitarios por doquier

hay quienes buscan paz y solo encuentran caos

 

Volaré en las alas del viento hacia Oriente

me mecerán las nubes de algodón

beberé en el rojo carmesí de tus labios

me solazaré en tus amorosos brazos

 

Tus manos acariciarán mi rostro compungido

aunque mi espíritu no se sosiega con nada

buscaré tu amoroso rostro para besarte

tus brazos son el bálsamo que añoro

 

En las cálidas noches de verano

miraré absorto el brillo de  la luna llena

contemplando su estela que se funde con el mar

las páginas se voltean como golondrinas al amanecer.

Artucas. Dic.2020




sábado, 14 de noviembre de 2020

PÁGINAS VACÍAS

 




PÁGINAS VACÍAS

 

Páginas vacías del alma se despojan día a día

nunca se cierran, están suspendidas en el éter

nos miran a los ojos preguntando hasta cuándo

no cerrarán tus lamentos en ese muro de tristeza.

 

Lloran exhaustas frente a las estepas solitarias

piden caridad, perdón por deshonrar

carillas vacías en silencio, ladrillos incompletos

letras carcomidas, impiden un deseo agobiado del alma

 

No salen, se quedan engullendo los recuerdos

llorando en su interior, eriales sin calor que acarician

huellas inertes en busca de un horizonte

páginas amarillas lloran buscando la paz del alma.