Fotografía de la comunidad japonesa de Jauja, reunidos durante la visita del embajador japonés. Con ayuda de AI (MACD)
Don Joaquín Kanashiro, un noble
y gran personaje.
Por: Arturo Castro
Jauja, en la década de los
años cincuenta del siglo XX, era una ciudad apacible que veía pasar los días de
manera rutinaria. Las temporadas de lluvias y granizo llegaban casi siempre a
partir de los últimos días de diciembre, y su duración se prolongaba hasta
marzo y, en algunos casos, hasta los primeros días de abril.
Durante los días lluviosos,
todos se guarecían bajo el paraguas negro o simplemente se apoyaban en el
umbral, bajo el dintel de las puertas, y permanecían mirando cómo se movía el
agua, ese líquido color chocolate claro que bajaba torrentosamente desde la
Plaza de Armas hasta la plazuela La Libertad, por la calle Grau arrastrando
todos los desperdicios que encontraba a su paso.
Los niños, en las veredas y
bajo la lluvia, jugaban de manera inocente y despreocupada: hacían barcos de
papel, los colocaban en el agua y corrían a la vera de la pista acompañando a
sus frágiles y pequeñas embarcaciones, animándolas a ganar la competencia,
hasta que, por efecto del agua, estas se hundían irremediablemente en el
lodazal.
Jacinto y sus amigos,
regresaban una y otra vez hasta la parte más alta de la pronunciada pendiente
de la calle a unos pasos de la Paza de Armas, para iniciar otra vez el
acompañamiento de sus frágiles naves de guerra o de transporte. Podían
permanecer horas en esta actividad.
En la esquina del jirón
Salaverry con el jirón Grau había una bodega y, en la parte interior, un gran
almacén, un pequeño patio y los dormitorios de la familia Kanashiro. Allí
vivían don Joaquín Kanashiro y su esposa Rosa. Sus dos hijos mayores, un varón
y una mujer, habían viajado a Tokio, Japón, para estudiar y lamentablemente los
sorprendió la Segunda Guerra Mundial.
En el jirón Salaverry vivía
Jacinto con sus tías y su abuelita, cuya casa colindaba con la parte posterior
de la bodega, prácticamente eran vecinos de don Joaquín Kanashiro, donde adquirían
los artículos de primera necesidad para alimentarse diariamente.
De los dos hijos mayores que
fueron a estudiar a Japón, ella regresó muy enferma por los efectos de la
guerra y de las bombas nucleares que utilizó EE. UU. para someter al pueblo
japonés y buscar su rendición; solo así pudieron vencerlos. Nunca se recuperó.
Del hermano que quedó en Tokio no se supo nada. Sus otros hijos, Rosa y Jorge, los
dos mayores de los que quedaron en Jauja estudiaban en Lima.
Las hijas menores, Masaco,
Jaruco y Shige, ayudaban en la atención a los clientes que llegaban a la
bodega, donde se expendía toda clase de abarrotes, así como bebidas alcohólicas
propias de la región, como el cañazo, la cascarilla y el culebrón, además de
dulces y golosinas.
En la ciudad había ferias dos
veces por semana, los miércoles y domingos. Las personas que vivían en los
pueblos aledaños llegaban a la ciudad para abastecerse de alimentos, libar una
copa de licor y, finalmente, vender sus productos en la gran feria semanal.
Los días previos a las ferias,
la actividad era febril en la tienda de don Joaquín, pues se debía pesar en
bolsas de papel de un kilogramo, azúcar, arroz, fideos y harina, y dejar todo
listo para no tener que hacerlo al día siguiente, en plena afluencia del
público. Esto lo habían aprendido los dueños de la tienda, y Jacinto ayudaba en
estas actividades con buen carácter.
Al día siguiente, la tienda
abría a las 07:30 de la mañana, muy temprano, pues las personas que venían del
campo llegaban a partir de las 8:00 a. m., y debían estar preparados y en
condiciones de abastecerlas.
Jacinto era muy amigo de las
hijas menores de Joaquín Kanashiro, Masaco y Jaruco, unas nisei muy buenas y
amigables. Participaba con ellas en todos sus juegos infantiles y, muchas
veces, invitado por las chicas, disfrutó de la comida japonesa que don Joaquín
y su esposa preparaban.
Los platos eran sumamente
deliciosos, y él se acostumbró a estas invitaciones; prácticamente era parte de
la familia. Conforme fue creciendo, don Joaquín le fue dando responsabilidades
en la tienda de abarrotes que administraba. Mientras tanto, Jacinto seguía
estudiando.
Cuando Jacinto terminó sus
estudios de primaria, fue matriculado en el Colegio San José para iniciar la
secundaria. Este centro de estudios es emblemático y fue fundado en el siglo
XIX. El colegio San José fue creado en 1858 como colegio municipal por el
alcalde José Jacinto Rivera Falcón.
En 1869 fue nacionalizado por
el gobierno del coronel José Balta; el 28 de julio de ese año se inauguró e
inició sus actividades académicas. Durante la guerra con Chile, los estudiantes
de este colegio participaron activamente en la resistencia; muchos intervinieron
en la Campaña de la Breña. Entre 1881 y 1883, el local fue ocupado por los
ejércitos patriotas y chilenos. He allí la importancia histórica de este
colegio.
Jacinto continuó ayudando a
don Joaquín Kanashiro en las actividades propias de la bodega. Recibía una
propina por esta labor, que le servía para comprar sus cuadernos o golosinas en
el colegio. Don Joaquín quería mucho a Jacinto porque era un niño muy voluntarioso,
cuyos padres vivían separados, y él residía con su abuela y sus tías.
Una tarde de julio de 1959,
don Joaquín le regaló una patineta. Este juguete había pertenecido a su hijo
Jorge, quien estudiaba en Lima. Jacinto aprovechaba las vacaciones de agosto
para jugar con la patineta: subía la pendiente de la calle Grau, jalándola
hasta la Plaza de Armas; luego regresaba sobre ella, y por efecto de la
pendiente podía desplazarse casi tres cuadras hasta la plazuela La Libertad.
Desde ese punto volvía a subir
hasta la Plaza de Armas para bajar sin mayor esfuerzo, y así repetidas veces,
tantas hasta agotarse, desde la puerta de la bodega lo raba y sonreía al verlo
tan concentrado y esforzado. Un buen día, don Joaquín decidió traspasar la
bodega a un amigo suyo, su paisano don Fernando Toichi Taira, recién llegado de
Japón.
Don Joaquín emprendió entonces
el negocio hotelero: administraba el hotel más grande de la ciudad, El Paraíso,
que tenía un jardín interior lleno de plantas ornamentales, una pequeña alberca
con peces multicolores y un gran comedor o restaurante, donde comían los
parroquianos acompañados de sus familiares, así como los huéspedes del hotel.
Jacinto, con la experiencia que tenía en la bodega, fue llamado para continuar
esta tarea ayudando a don Fernando Toichi, el nuevo dueño de la bodega.
Pasaron los años. Jacinto se
mudó a Lima y se trasladó al Colegio Mariano Melgar, donde terminaría
satisfactoriamente la secundaria. Luego de tres intentos, y llamado por su
vocación, ingresó a la Escuela Militar. Una mañana, cuando fue al Hospital
Militar para tratarse una dolencia estomacal, bien uniformado, se encontró con
don Joaquín.
El encuentro fue tan
sorpresivo que ambos se quedaron mirándo. Jacinto posó la mirada en aquel
caballero, buen padre y amigo que lo había ayudado en Jauja. Mil recuerdos
vinieron a su mente: episodios que habían quedado aletargados en el pasado de
su niñez. Pero los años habían pasado, Jacinto había desarrollado y ahora
miraba hacia abajo la figura pequeña de don Joaquín. Cuando era niño, Jacinto
miraba a don Joaquín como la figura paterna que en casa estaba ausente.
Con esa chispa que lo
caracterizaba, don Joaquín expresó su sorpresa: “¿Cómo puere? Antes
mirando a Jacinto abajo; hoy mirando a Jacinto ariba”, para resumir, en
pocas palabras, aquel niño de antes se había convertido en un joven robusto.
Luego de este saludo, se dieron un gran abrazo.
Jacinto recordó todas las
buenas acciones que aquel noble caballero japonés había hecho por él en Jauja.
Tenía gratos recuerdos de don Joaquín, como cuando, siendo coleccionista de
cómics de la época, él le regaló toda su colección para que Jacinto pudiera
abrir su propio negocio de alquiler de revistas cerca del cine Colonial.
También recordaba la patineta
y las celebraciones por el onomástico del emperador de Japón. Los residentes
japoneses y sus familias organizaban festejos que incluían una serie de juegos como:
Carrera de embolsados, la soga, en los que participaba toda la colonia japonesa
residente en Jauja. Al principio, Jacinto era el único invitado a estas
celebraciones; posteriormente participarían también sus amigos.
En ellas se desarrollaban
juegos, concursos entre los hijos de los migrantes y los lugareños, kermeses,
paseos en bote en la laguna de Paca, almuerzos campestres, concursos, juegos y
otras actividades. Jacinto preguntó por las hijas, amigas queridas de su niñez.
Todas estaban bien de salud. Habían dejado el hotel Paraíso a otro paisano y
habían emprendido el negocio de la panadería en un local de Breña. Fue la
última vez que se cruzaron las vidas de ambos.
La carrera militar, dura y
sacrificada, llevó a Jacinto por otros rumbos de acción, tanto en el norte como
en el sur del país. Estando en Lima, Jacinto se enteró del fallecimiento de don
Joaquín varios años después, por información de un familiar. Gratos e
inolvidables recuerdos quedaron de don Joaquín Kanashiro en Jacinto, quien lo
recuerda con mucho aprecio hasta hoy.
¡Descanse en paz Don Joaquín
Kanashiro!

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